Hay montañas que se escalan con las piernas. El Vallunaraju, en la Cordillera Blanca de Perú, se escala con algo más.
Este junio, EXPLO se sumó como patrocinador a la expedición internacional de Cimas de la Esperanza, el programa de alta montaña de la Fundación Emilia y Valeria A.C., que lleva a supervivientes de cáncer —de México y de Francia— hasta la cumbre de picos que muchos no imaginaban ni siquiera poder caminar.
No es una metáfora bonita. Es un ascenso técnico, con glaciar, cordada y crampones, a 5,686 metros sobre el nivel del mar. Y lo hicieron.
Hablamos con Sarah Legrand, directora de las expediciones de Cimas de la Esperanza, recién bajada del Vallunaraju, todavía con el cansancio del viaje encima y la voz llena de esa cosa que solo tienen quienes acaban de vivir algo grande.

El reto
Visible desde la ciudad de Huaraz, el Vallunaraju es una montaña de dos picos: el norte, el más alto, y el sur, el reto elegido para esta cordada de supervivientes. Su nombre en quechua significa "hielo que se puede cortar" — una descripción que, según Sarah, se queda corta el día que estás parado frente a él.
El equipo salió de México el 11 de junio rumbo a Lima y de ahí a Huaraz, para empezar el proceso más importante de todos: la aclimatación. Antes de tocar el glaciar, los seis integrantes caminaron hasta la laguna Wilcacocha y escalaron en roca en Hatun Machay, a más de 4,200 metros, para que sus cuerpos empezaran a generar los glóbulos rojos que necesitarían arriba.
"La aclimatación no consiste solo en permanecer en altura, sino en exponer al cuerpo de forma progresiva al esfuerzo. Ascender durante el día, realizar actividad física, volver a descender para descansar cuando es posible y pasar tiempo en altitud son estrategias que estimulan las adaptaciones fisiológicas del organismo. Entre ellas, aumenta la producción de glóbulos rojos y mejora la capacidad de transportar oxígeno. Este proceso reduce el riesgo de desarrollar mal agudo de montaña y permite afrontar ascensos a mayor altitud con más seguridad. Cuando la aclimatación se realiza correctamente, lo habitual es que el organismo tolere mucho mejor la altura."
— Sarah Legrand
La noche más corta
Después del refugio de Llaca, el equipo subió al Campo Alto: una caminata corta en distancia pero brutal en inclinación, entre rocas, cargando carpas, comida y todo el material necesario. Tres o cuatro horas de subida con el peso completo a cuestas.
Se durmieron —si es que se puede llamar dormir— a las 7 de la noche. Se levantaron a la 1 de la madrugada.
Hora y media más de caminata sobre roca pura hasta llegar a la base del glaciar. Y de ahí, hacia la cumbre: entre seis y siete horas más, con cordadas avanzando en fila sobre el hielo, algunas llegando antes, otras un poco después, todas con la misma pregunta rondando en la cabeza.
"Siempre tienes un poco la presión de si van a llegar o no. Las tres primeras cordadas casi llegamos al mismo tiempo. Yo siempre me adelanto para tomar las fotos y los videos de cuando llegan, pero siempre hay ese momento de: van a llegar, no van a llegar."
— Sarah Legrand
Hubo un tramo, cerca ya de la cumbre, que Sarah describe como el más impresionante de todo el ascenso: una cresta angosta con el vacío a ambos lados. El tipo de paso que pone a prueba algo que no se entrena en el gimnasio.
Y hubo miedo. Uno de los momentos más honestos de la conversación fue cuando Sarah contó que, al llegar a la base del glaciar, una de las participantes sintió pánico. Subió de todas formas. Con su cordada, a su ritmo, pero subió.

La cumbre
Todos los integrantes llegaron a la cumbre del Vallunaraju.
Para las tres supervivientes mexicanas, no era su primer pico: llevan dos o tres años en el programa completo de Cimas de la Esperanza, entrenando, subiendo, entendiendo cómo se mueve el cuerpo en la alta montaña. Este viaje internacional era la consecuencia de todo ese trabajo previo — no el punto de partida.

"Cuando todos ya están en la cumbre, es muy emocionante, porque son años de entrenamiento para llegar a eso. Es conmovedor, te diría."
— Sarah Legrand
Lo que la montaña no perdona (y lo que enseña)
Le preguntamos a Sarah qué aprendizaje se lleva de este viaje. No dudó.
"La montaña no es un lugar acogedor. Es muy bonito estar en un esfuerzo físico, en la naturaleza, viendo los paisajes, pero no es un lugar acogedor, y menos en la alta montaña. Hasta tu cuerpo te dice: ya no puedo más, ¿qué estoy haciendo aquí?"
Y sin embargo, ahí está la vuelta de tuerca de todo esto:
"Al final, cuando logras llegar a la cumbre y llega todo tu equipo, es satisfactorio. Todo lo duro por lo que pasaste, ya lo olvidas. Lo único que importa es el momento presente, y estamos aquí todos juntos. Creo que eso es un aprendizaje de la alta montaña: así funciona la vida. Siempre pasamos por momentos complicados, sea enfermedad, temas personales o laborales — pero eso es parte del camino. Y cuando llegas arriba, todo eso ya pasó. Ya llegaste a lo que tenías que llegar."
No hace falta explicarlo más. Lo dijo alguien que ha acompañado a supervivientes de cáncer hasta la cima de una montaña de más de 5,600 metros. Sabe de lo que habla.

Por qué EXPLO estuvo ahí
En EXPLO creemos que la aventura es una herramienta, no un lujo. Y pocas cordadas lo demuestran tan bien como esta: seis personas que ya libraron una batalla mucho más larga que cualquier ascenso, subiendo juntas a un glaciar para demostrarse —a ellas mismas, y a quien las mire— que después del cáncer hay vida. Y que esa vida puede llegar hasta la cumbre.
Gracias a Cimas de la Esperanza y a la Fundación Emilia y Valeria A.C. por dejarnos ser parte de esta cordada. Gracias a Sarah por su tiempo y su honestidad. Y gracias a las seis personas que subieron: por recordarnos, otra vez, para qué sirven las montañas.
¡Hay vida después del cáncer!
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